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Por: Awilda Reyes

El Coronavirus o Covid-19 como pandemia, ha tocado suelo quisqueyano y nos ha demostrado que no tiene preferencias con clase social, política o económica. Es más, ésta se ha manifestado en funcionarios y personalidades importantes de la sociedad, ciudadanos de clase media alta y clase alta, han sido de las víctimas de este mal.

Es una guerra, sin guerra, en la que nos toca a la humanidad luchar con un virus que nos ha tomado la delantera y de manera sigilosa ha cobrado miles de vidas en casi todos los continentes y aún, nos mantiene de rodillas, teniendo como sus mejores aliados, nuestros miedos, inseguridades, especulación, desinformación, exceso de información y el pánico generalizado.

Pero, así como de siniestro es este virus, también nos va dejando a su paso una serie de aprendizajes en todas las áreas de nuestras vidas. Y es que uno de las enseñanzas de esta enfermedad, es que la muerte nos hace iguales a todos y que en esencia, fuera de los agregados que nos da el dinero, una función o las circunstancias, al margen de todo eso, todos somos seres humanos, frágiles e indefensos por momentos.

Como abogados, siempre vemos todos los acontecimientos desde el punto de vista legal, por lo que en esta ocasión hemos analizado somera, legal y constitucionalmente, estas dos situaciones que afectan el goce del derecho a la libertad y con el interés de hacer una especie de símil entre la cuarentena y el arresto domiciliario. Esto así, porque en ambas circunstancias se limita el derecho a la libertad, y cómo la primera, puede hacernos tomar conciencia de la segunda para concluir que la manera en que se maneja este bien jurídico en general en nuestro sistema procesal, debe ser razonada.

Es así que la idea central, es el derecho a la libertad y como la pandemia nos ha llevado a una cuarentena que nos pone a pensar con respecto a la libertad y muy especialmente cuando esta se restringe mediante la aplicación del arresto domiciliario, por lo que tratamos de resaltar el valor transcendental para el ser humano, analizando sus implicaciones y aquellas cosas que podemos aprender de esta cuarentena que se asemeja mucho a un arresto domiciliario y que al retomar nuestras actividades regulares, hayamos adquirido una madurez constitucional que nos permita reivindicar este derecho, que tal y como lo indica la propia constitución, debe ser la regla y la columna vertebral de las actuaciones de los poderes públicos.

Es necesario mencionar que es incuestionable que el encierro al que esta pandemia nos ha sometido, nos hace comprender los efectos negativos que tiene para la vida de un ser humano, el ser cohibido, limitado o restringido de su libertad, aún, se encuentre en su propia casa, con las comodidades y calidez que sólo brinda el hogar. Por esto la cantidad de mensajes en las redes sociales que hacen alusión a la forma en que, de manera individual y social, estamos enfrentando el aislamiento.

Y es que, a mi modo de ver, y según la propia Carta Magna, el bien jurídico más preciado para la humanidad después de la vida y la salud, es, sin duda alguna la libertad1. Y es que aún en nuestras casas, y todos ahora somos testigos de esto, la restricción de libertad tiene una incidencia en toda la dinámica de la vida del ser humano y muy especialmente, tienes sus secuelas en la salud mental y estabilidad emocional de los individuos.

Es por esto último que, conscientes del confinamiento necesario para prevenir la propagación de la pandemia, desde el gobierno, se ha dispuesto ayuda o acompañamiento sicológico para que los ciudadanos que tengan dificultad para manejar el encierro, puedan ser tratados durante el periodo de cuarentena, sin mayores traumas y dificultades posteriores y que la cuarentena sea sobrellevada sin mayores traumas y contratiempos.

Y es que, el recogimiento por cuarentena decretado por el estado de emergencia2 en que se encuentra nuestro país, como otros tantos, tiene consecuencias sobre el estado anímico de las personas, más aún, cuando en los medios de comunicación y redes sociales se bombardean indiscriminadamente una cantidad importante de informaciones que aumentan y alimentan la ansiedad y el estrés del encierro, provocando en muchas personas estados de angustia, preocupación, depresión y desesperanza.

La cuarentena, pone la vida de las personas en pausa, y parecería que, de vivir la vida, pasa a ser un tercero espectador de la vida. La falta de las tareas y actividades cotidianas da la sensación de que el futuro es incierto, de que se ha perdido el rumbo y la realidad puede ser confusa, y no tener claro cuándo termina el encierro para retomar las riendas de nuestra propia existencia, hace la existencia todavía más incierta.

Y es que la libertad es el estado natural del ser humano. Nacimos para ser libres, movernos, entrar, salir, ir y venir sin restricciones y cuando a esta limitación se le suma la inercia de no realizar las actividades que nos permiten vivir, sobrevivir, disfrutar la vida y ser felices, esto definitivamente, no pasa desapercibido sino, todo lo contrario, deja secuelas negativas en nosotros mismos y en quienes nos rodean.

Es por ser la libertad la condición natural del ser humano, que el ordenamiento constitucional prevé que debe protegerse la libertad y que, ante un proceso penal, la libertad debe ser la regla y no la excepción. Es de este modo que el Estado mismo trata de proteger la libertad3 y sus principios siempre deben ir.

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