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Por: Rafael Ciprián

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El recién pasado 21 de julio se cumplió la primera centuria de la instauración en nuestro país del denominado Sistema Torrens, por medio de la Orden Ejecutiva 511, dictada por las fuerzas de ocupación militar de los Estados Unidos de América (EUA) que, por desgracia, sufrimos durante 8 años, o sea, que mancilló nuestro suelo con sus botas del 1916 a 1924.
Ese fue un período ominoso para el pueblo. Perdimos la soberanía, liquidaron el Estado y también sirvió de escenario para pervertir la conciencia nacional.
Nuestros sectores sociales dominantes se prostituyeron ante el invasor. La resistencia patriótica descansó en grupos rurales minoritarios y acorralados, calificados como gavilleros. Operaban especialmente en la zona este. Sus líderes más conscientes fueron asesinados, y terminaron aniquilados.
Aquella ocupación militar estadounidense fue justificada con argumentos sobre la violación de la Convención de 1907 y para dizque pacificar la República, por las constantes revueltas militares que producían los diversos caudillos que teníamos, en la lucha por el poder político y por la elevación del estatus social. Ninguno de los argumentos esgrimidos resiste un análisis crítico.
La verdadera razón que tenía la potencia del norte para controlar por la fuerza este país era la dominación de la isla, porque ya habían ocupado a Haití, y necesitaba nuestras mejores tierras para producir la caña de azúcar y desarrollar la ganadería vacuna. Y como Europa estaba sumida en la Primera Guerra Mundial, con su economía devastada y orientada a la maquinaria bélica, las empresas estadounidenses harían grandes negocios con la venta del dulce y la carne en esos Estados.
¿Cómo los EUA aseguraban la obtención de las grandes extensiones de terrenos que necesitaban para producir la mercancía y realizar sus pingües y urgentes negocios con Europa?
En primer lugar, realizando un masivo despojo, con criminales acciones militares, de la propiedad de las tierras que pertenecían a los analfabetos y pobres campesinos dominicanos. Estos se negaban a venderlas. Creían que perder sus terrenos era traicionar a sus antepasados y condenar a las nuevas generaciones al hambre y el desamparo. Muy parecido, salvando las diferencias, a los indígenas americanos.
Esos campesinos ocupaban sus predios de generación tras generación, ya sea en la modalidad de los terrenos comuneros o en propiedad privada desprovista de documentación jurídica oficial.
Y, en segundo lugar, los EUA necesitaban legalizar y legitimar en apariencia el despojo de las tierras. Se imponía la creación de un nuevo régimen jurídico de la tenencia de las tierras, que convirtiera en inatacable, irreversible el robo inmobiliario que habían perpetrado previamente.

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