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Usar los medios de comunicación, las plataformas digitales y las redes sociales para arrastrar por el piso el nombre, la honra y la dignidad de una figura pública parece haberse convertido en una especie de deporte nacional en la República Dominicana. Perfecto. Quien decide exponerse públicamente debe entender que estará sometido al escrutinio, a la crítica, al cuestionamiento y hasta al morbo de una sociedad que quiere saberlo todo sobre aquellos que alcanzan notoriedad. Ese es uno de los precios de ser conocido.

Pero una cosa es la crítica y otra muy distinta es la destrucción humana. Una cosa es cuestionar las actuaciones públicas de una persona y otra convertir los micrófonos, las cámaras, los programas, los canales de YouTube y las redes sociales en paredones de fusilamiento moral desde donde se insulta, humilla, difama y despedaza reputaciones sin medir las consecuencias. Porque las palabras también tienen consecuencias.

Y cuidado: más temprano que tarde podríamos terminar contando un muerto como reacción a la cantidad de expresiones obscenas, humillantes y degradantes que diariamente son lanzadas contra otros seres humanos. No todo el mundo tiene la misma capacidad de soportar una campaña de descrédito. No todas las personas reaccionan igual cuando sienten que les han destruido públicamente su dignidad, su familia o aquello que consideran más sagrado.

¿Vamos a esperar una tragedia para entenderlo? ¿O pretendemos convertirnos en un país de eunucos morales, donde a hombres y mujeres se les exija soportarlo absolutamente todo, permanecer callados y aceptar mansamente que cualquiera pueda pisotear su honra, su familia y su dignidad sin derecho siquiera a indignarse?

No. La libertad de expresión es sagrada y debe ser defendida con todas nuestras fuerzas. Pero esa libertad no puede convertirse en patente de corso para destruir seres humanos. Quien se dedica a la política, al periodismo, al entretenimiento, al empresariado, al deporte o a cualquier actividad que lo convierta en figura pública tiene que aceptar el escrutinio social. Tiene que aprender a convivir con la crítica, incluso con la crítica dura. Pero ser figura pública no significa dejar de ser persona.

Mucho menos significa entregar automáticamente la intimidad de los hijos, esposas, esposos, padres, madres y demás familiares que han decidido mantenerse fuera de la exposición pública. Ahí debe existir una frontera. La decencia, la educación y el más elemental sentido humano obligan a respetar a la familia, especialmente a los hijos y a quienes nunca escogieron convertirse en personajes públicos.

El derecho a la intimidad, al honor y al buen nombre no debería desaparecer simplemente porque alguien tenga un micrófono delante, aparezca en televisión, ejerza una función pública o tenga miles de seguidores en las redes sociales. Critiquemos todo lo que haya que criticar. Investiguemos todo lo que haya que investigar. Denunciemos todo lo que tenga que denunciarse. Preguntemos lo que otros no se atrevan a preguntar. Pero no confundamos periodismo con linchamiento.

No confundamos libertad de expresión con libertinaje. No confundamos valentía con vulgaridad. Y, sobre todo, no esperemos que ocurra una desgracia para descubrir que detrás de cada nombre convertido en tendencia existe un ser humano que también tiene familia, dignidad, límites y emociones. Porque cuando desde un medio se cruza deliberadamente la frontera entre cuestionar y destruir, ya no estamos informando.

Estamos jugando con fuego. Y cuando una sociedad juega demasiado tiempo con fuego, tarde o temprano alguien termina quemado.

 

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