El Partido Revolucionario Moderno (PRM) parece caminar peligrosamente por la misma ruta que llevó al Partido Revolucionario Dominicano (PRD) de la gloria política al colapso electoral. Pero no hablamos del viejo PRD combativo, popular y democrático que fundó José Francisco Peña Gómez y que sirvió como escuela de formación política, participación y lucha social para miles de dominicanos. No. Hablamos del PRD de Miguel Vargas Maldonado: un partido convertido en negocio, manejado como empresa privada, donde la democracia interna fue sustituida por imposiciones, exclusiones y acuerdos de aposento.
La historia está ahí, fresca y dolorosa. Un PRD que llegó a representar más del 50 % del electorado dominicano terminó reducido a una organización microscópica, sin fuerza, sin militancia y sin credibilidad. ¿La razón? La desconexión con las bases, la concentración del poder en un pequeño grupo y la destrucción de la institucionalidad partidaria.
Y todo parece indicar que el presidente y líder del PRM, Luis Abinader, podría estar conduciendo al PRM exactamente hacia el mismo precipicio político.
Hoy, en amplios sectores del perremeísmo, crece el descontento, la frustración y el sentimiento de abandono. Los dirigentes de bases que dejaron “el forro en la calle” para construir el cambio prometido sienten que fueron utilizados y luego lanzados al olvido. Mientras muchos hombres y mujeres del PRM siguen desempleados, marginados y sin acceso al gobierno, sectores ajenos al partido, antiguos peledeístas y figuras sin militancia ocupan posiciones estratégicas y disfrutan del poder.
Los partidos políticos no se destruyen únicamente desde la oposición; muchas veces se derrumban desde adentro, por la soberbia de sus dirigentes, por la desconexión con su militancia y por la falta de democracia interna. Eso fue exactamente lo que ocurrió con el PRD, y eso es lo que comienza a percibirse dentro del PRM.
Si de verdad quieren salvar esa organización política, debe levantarse urgentemente una corriente interna valiente, firme y decidida a defender la democracia partidaria, la institucionalidad y el respeto a las bases. Una fracción que impida que el PRM termine convertido en otro PRD cualquiera o, peor aún, en un partido simbólico y sin incidencia como terminó siendo el PRSC.
Porque cuando un partido pierde el contacto con su gente, deja de escuchar a sus dirigentes y convierte el poder en un club cerrado de privilegiados, comienza inevitablemente su proceso de desintegración.
Y la historia política dominicana ha demostrado, una y otra vez, que ningún partido es invencible cuando traiciona a quienes lo llevaron al poder.




