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En la República Dominicana, la historia política parece repetirse una y otra vez como una tragedia interminable. Cambian los gobiernos, cambian los discursos, cambian los rostros, pero las prácticas de exclusión, favoritismo y concentración del poder siguen siendo exactamente las mismas. Hoy, en el Instituto Dominicano de las Telecomunicaciones (Indotel), muchos comienzan a ver a Guido Gómez Mazara como el nuevo Orlando Jorge Mera del gobierno del presidente Luis Abinader. Y no es una comparación cualquiera.

Durante el gobierno de Hipólito Mejía Domínguez, Orlando Jorge Mera tuvo en sus manos el control de un sector estratégico y poderoso como las telecomunicaciones y la radiodifusión. Desde allí, en vez de democratizar las frecuencias, abrir oportunidades y fortalecer a los comunicadores, periodistas y empresarios emergentes afines al PRD, que lucharon para llevar a Hipólito al poder en el año 2000, ocurrió exactamente lo contrario: todas las emisoras y frecuencias de canales terminaron en manos de los mismos grupos económicos, de los mismos oligarcas, de los mismos millonarios y de los mismos empresarios tradicionales de la comunicación.

Los perredeístas de abajo, los que sudaron la camiseta, los que enfrentaron al poder, los que defendieron el proyecto político y dieron la cara en los momentos difíciles, se quedaron “oliendo donde se guisa”. No había frecuencias para ellos. No había emisoras. No había canales.

Todo estaba repartido entre los privilegiados de siempre. Y el tiempo terminó dando una lección cruel. Cuando Hipólito Mejía salió del poder en el 2004, muchos de los comunicadores que defendieron aquel gobierno quedaron huérfanos mediáticamente. No tenían plataformas propias para expresarse ni medios desde donde defender su obra gubernamental o responder a los ataques políticos.

Figuras como Juan TH, Cabito Gotro y Licho Matos terminaron deambulando de canal en canal buscando un espacio para hablar, porque quienes dirigían el Estado nunca pensaron en fortalecer a sus aliados naturales en la comunicación. Los utilizaron mientras necesitaron subir las escaleras del poder, pero una vez arriba, les cerraron las puertas en la cara. Hoy, más de dos décadas después, la historia amenaza con repetirse peligrosamente en el gobierno del PRM.

Muchos periodistas, comunicadores, productores independientes y emprendedores de la comunicación observan con indignación cómo, desde el Indotel de Guido Gómez Mazara, las oportunidades siguen concentrándose en los grandes grupos económicos y mediáticos, mientras los sectores emergentes y aliados políticos continúan marginados, ignorados y olvidados.

La democratización de las telecomunicaciones parece seguir siendo un discurso vacío. Porque cuando las frecuencias, canales y emisoras terminan siempre en las mismas manos, lo que existe no es democracia comunicacional, sino un monopolio disfrazado de institucionalidad.

Guido Gómez Mazara corre el riesgo de pasar por el Indotel sin pena ni gloria, exactamente igual que Orlando Jorge Mera, si continúa administrando las telecomunicaciones con una visión elitista, excluyente y alejada de los sectores que ayudaron al PRM y a Luis Abinader a llegar al poder.

La comunicación no puede seguir siendo un privilegio exclusivo de las grandes élites económicas. Las telecomunicaciones no pueden seguir secuestradas por los dueños históricos del poder. Y el gobierno de Abinader debe entender que un proyecto político que abandona a sus comunicadores, periodistas y aliados estratégicos termina quedándose sin voz cuando sale del poder.

La historia del PRD lo demuestra. Y el PRM parece empeñado en repetir el mismo error suicida.

 

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