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Por: Alejandro Asmar

“Al paso, que es bolero”, dice la fraseología popular para significar que no se puede ir más rápido de lo aconsejable. Y hay quienes pretenden que el presidente pise el acelerador y vaya a velocidades atropellantes y contraproducentes en su manera de gobernar. El afán por que sean la prisa y el apuro de intereses sectoriales los que marquen la pauta, choca con lo que aconseja la prudencia en estas circunstancias pandémicas.

Los disconformes con la prudente velocidad presidencial en las medidas que va impulsando, obvian los obstáculos del camino que no pueden ser vistos ni vadeados cuando se actúa precipitadamente.

Pretenden un ritmo de acciones y soluciones que ignora los procesos y los tiempos de las cosas, como si la deuda social acumulada desde la fundación de la república pudiera resolverse en un santiamén con alguna fórmula mágica. Y cuando el gobierno no se pliega a sus exigencias o demuestra que tiende otro norte para enrumbar el país por senderos mejores y más seguros, entonces desatan una plaga de insultos y descalificaciones por las redes sociales y los medios electrónicos, los cuales convierten en trincheras de odios, resabios, malquerencias y diatribas destempladas.

Desde allí alzan la voz como si hablar más duro y más fuerte significase tener razón cuando en verdad lo que refleja es carencia de argumentos. No hacen aporte de ningún tipo ni plantean propuestas, solo vierten críticas improductivas, cargadas de segundas intenciones que no se atreven a decir por su carácter pernicioso.

El presidente entiende que si actúa como un perremeísta de la base podrá hacerse el simpático con un grupo pequeño pero perderá la moral y la credibilidad para hablar en nombre de toda la nación. Así, con espíritu de parcela no podrá llamar a todos los dominicanos a hacer un frente común para superar los viejos males y salir hacia adelante.

Eso es lo que manda el momento: que todos nos unamos alrededor de grandes causas y objetivos nobles que trasciendan las búsquedas individuales. En tanto, que la militancia del PRM debe acoplarse al ritmo con que el gobierno le va reciprocando sus trabajos y sacrificios, mientras deja que el presidente implemente, sin acoso, su plan de gobierno, que también incluye a sus bases. Pero estas bases deben saber que tienen que tener los conocimientos, profesiones, calidades y especializaciones que acrediten sus aspiraciones.

Si nos atenemos a los que votaron en las primarias del PRM, es fácil colegir que el presidente ha cumplido en su mayor parte el compromiso político con aquellos a través de las miles de colocaciones en los distintos estamentos del gobierno que absorben el par de centenares de miles que sufragaron por Abinader.

Por ende, en vez de ser un presidente de la “base”, Luis es un gobernante de amplias bases nacionales al ‘gobernar para todos, sin olvidarse de los suyos’. Abinader es el mandatario de los 10 millones de dominicanos y todos no caben en la administración pública. Por tanto, quienes acorralan al presidente por empleos, seguro que exceden la membresía del partido en el poder, y mas bien, pertenecen a la ola del descontento popular en que cabalgó Abinader, pero no por eso son tampoco menos merecedores de un puesto de trabajo, de esos que ya se están creando con el despertar y el impulso de la economía que está capitaneando el jefe de Estado.

 

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