La historia política dominicana tendrá que juzgar el paso de José Ignacio Paliza por la conducción del Partido Revolucionario Moderno (PRM). Y cuando llegue ese momento, habrá una contradicción imposible de ocultar: junto al liderazgo de Luis Abinader, Carolina Mejía y Deligne Ascención, contribuyó a llevar una organización relativamente joven desde la oposición hasta el Palacio Nacional en tiempo récord, pero desde el poder se produjo un distanciamiento de una parte importante de las bases, dirigentes y aliados que hicieron posible aquella histórica victoria. Ese será uno de los grandes debates sobre su legado.
El PRM nació, creció y conquistó el poder alimentado por la esperanza de miles de hombres y mujeres que recorrieron barrios, campos, municipios y provincias cuando todavía no había cargos, nóminas, vehículos oficiales ni privilegios que repartir. Eran dirigentes que pusieron el pecho cuando ser perremeísta significaba estar en la oposición.
Militantes que defendieron a Luis Abinader cuando todavía llegar al Palacio Nacional era una aspiración. Aliados que aportaron estructuras, votos, recursos, relaciones y sacrificios personales para construir una maquinaria electoral capaz de sacar al entonces gobernante Partido de la Liberación Dominicana del poder. ¡Llegaron en tiempo récord!
Luis Abinader conquistó la Presidencia y el PRM pasó de ser una organización política emergente a controlar el Poder Ejecutivo y convertirse en la principal fuerza electoral del país. Fue una hazaña política. Pero conquistar el poder es una cosa y saber administrar políticamente la victoria es otra muy distinta. Ahí comenzó el problema.
Mientras una parte de la dirigencia esperaba participar en la construcción del cambio que había ayudado a conquistar, demasiados compañeros comenzaron a sentirse ignorados, desplazados y olvidados.
Personas que caminaron bajo el sol, organizaron estructuras, defendieron votos y enfrentaron durante años las dificultades de la oposición terminaron preguntándose: ¿y nosotros para cuándo? Ese sentimiento no puede despreciarse.
Porque los partidos políticos no viven solamente de discursos, encuestas y grandes figuras. Los partidos viven de su gente. De sus bases. De los dirigentes medios. Del compañero que abre un local, moviliza una comunidad, defiende una urna y permanece cuando desaparecen las cámaras. Ahí radica el gran error que deberá analizar el PRM.
José Ignacio Paliza, Carolina Mejía y Deligne Ascención ocuparon posiciones fundamentales dentro de una estructura partidaria encabezada políticamente por Luis Abinader. Por tanto, sobre ese liderazgo recae también la responsabilidad política de explicar cómo una organización que llegó al Gobierno levantando la bandera del cambio permitió que sectores de sus propias bases terminaran sintiéndose extraños dentro del poder que ayudaron a conquistar. No hay victoria electoral eterna cuando las bases comienzan a perder la esperanza.
Un partido puede tener ministros, directores, senadores, diputados, alcaldes y enormes estructuras institucionales, pero si pierde la conexión emocional con quienes lo levantaron desde abajo, comienza silenciosamente su deterioro. Ese es el peligro. El PRM debe mirarse en el espejo antes de que sea demasiado tarde.
Luis Abinader todavía tiene la oportunidad de impulsar una reconciliación política con esa militancia, reconocer a quienes hicieron posible el triunfo y exigir que la dirección partidaria vuelva a las calles, escuche a sus dirigentes y reconstruya los puentes que el ejercicio del poder pudo haber roto. Porque existe una verdad política tan vieja como la democracia:
Quien olvida a quienes lo ayudaron a subir corre el riesgo de encontrarlos ausentes cuando llegue el momento de evitar la caída. El legado de José Ignacio Paliza no puede medirse únicamente por haber contribuido a llevar al PRM desde la oposición hasta el Gobierno. También deberá medirse por el estado en que quede la organización después de ejercer el poder.
La historia reconocerá el mérito de haber llegado. Pero también preguntará qué hicieron con aquellos que los llevaron hasta allí. Y esa pregunta puede convertirse en la más estremecedora de todas:
¿De qué sirvió conquistar el poder si en el camino terminaron olvidando a quienes hicieron posible la victoria?




