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Por: José Rafael Lantigua

El pasado martes 16 se cumplió justo un año desde que los dominicanos comenzamos a quedarnos en casa. Desde febrero de 2020, llegaban las alarmantes noticias de la extensión del virus en distintas partes del mundo, pero aún en la República Dominicana la población desconocía los alcances de la epidemia de lo que, entonces, sólo se identificaba como coronavirus, una familia viral con antecedentes pero que, entre nosotros, nadie parecía haber escuchado jamás.

Había surgido a fines de diciembre en Wuhan, una ciudad china con una cantidad de habitantes similar a la de todo nuestro país. Se presentaba como casos extraños de neumonía atípica, pero ya para la segunda semana de enero las autoridades chinas como la Organización Mundial de la Salud que había sido alertada por los primeros desde el mismo diciembre, informaban que se trataba de un nuevo coronavirus.

El primero había surgido 17 años antes, en 2002, en la provincia de Guangdong, también en China, y desde entonces el virus se identificaba con las siglas Sars-CoV, o sea Síndrome Respiratorio Agudo Severo de la familia de los corona. Como el anterior, se asociaba a un tipo de murciélago y los síntomas eran similares: tos, fiebre, migraña, dolores musculares, falta de aliento. Más cercano aún que el Sars-CoV uno, era el MERS, que había aparecido siete años antes, en 2012, en Arabia Saudita.

Era el mismo síndrome respiratorio, pero en este caso de Oriente Medio. De nuevo, estaban los murciélagos de por medio, sólo que en el caso chino parecía ser que los murciélagos lo transmitieron a gatos y en el caso árabe a camellos, y de ambos a los humanos. Nuevamente, y como había ocurrido otras muchas veces, se trataba de virus zoonóticos, o sea procedentes de animales. En el caso del SARS y del MERS, se habían propagado a varios países.

En el primer caso, se contagiaron unas 8 mil personas de las cuales 744 murieron y se extendió a varias partes del mundo, incluyendo Estados Unidos, pero desapareció a los siete meses. En el caso del MERS se propagó por 27 países, pero en contagios limitados. Los dos resultaron más letales, aunque de menor duración, que la Covid-19. Fueron las advertencias de que los coronavirus, aunque en los tres casos con estructuras diferentes, estaban anunciando su entrada a la historia de las pandemias y que un tercero podía tener mayor extensión, como finalmente ocurrió.

En República Dominicana, para febrero del año pasado, la política estaba al rojo vivo. Se celebraron elecciones congresuales y municipales que terminaron siendo un suceso fallido, por lo que se realizaron protestas y marchas contra las autoridades electorales. Se decide entonces realizar nuevos comicios el 15 de marzo, a pesar de que las noticias sobre el avance del virus corrían y la OMS alertaba sobre sus consecuencias.

Los dominicanos votamos en masa aquel domingo 15 de marzo, todavía sin mascarillas, aunque sí con gel para la limpieza de las manos como medida preventiva. Al día siguiente, nos trancamos. El 1 de marzo había aparecido el paciente cero que resultó ser un italiano de 62 años que estaba hospedado en un hotel de Bayahibe. El virus viajero había demostrado con el SARS que su propagación se produjo cuando un turista chino viajó de Wuhan a Hong Kong. Y con el MERS se extendió a causa de turistas que viajaban a Arabia Saudita y luego lo llevaban a sus respectivos países.

La Covid era de la misma familia y cumplía las mismas normas. El gobierno de entonces tomó las medidas sanitarias formales el 20 de marzo, cinco días después de las elecciones, ordenando el cierre de fronteras, la suspensión de las clases en las escuelas públicas y la clausura de eventos, a más de sugerir el uso de mascarilla, el distanciamiento social y el lavado de las manos con jabón, preferentemente de cuaba. Para esa fecha ya se habían confirmado 72 casos, pero para cuando llegó el último día de marzo se reportaban 1,109 y 51 personas fallecidas. Algunos médicos habían minimizado la importancia del virus. Todavía en marzo, algunos galenos entrevistado afirmaban que no había nada que temer, que se trataba de una simple forma de gripe, y que la gente debía permanecer en calma. Incluso se habló de que un buen baño en la playa curaba todo; con sal y sol el coronavirus tenía para ser vencido.

Entonces, nos quedamos en casa. Día y noche, salvo las excepciones marcadas por el deber, en unos casos, y por la irresponsabilidad y el descreimiento ciudadano, en otros. Fueron poco más de dos meses muy duros, llenos de temor y ansiedad. Comenzaron a cambiar los hábitos. Se reformularon las estrategias de vida. Se cambiaron patrones de conducta. Si salíamos, aprendimos a desnudarnos antes de entrar a la casa y a dejar abandonados los calzados en un rincón, donde con los meses algunos sufrieron desgaste. Comenzaron a quebrar algunas empresas pequeñas y medianas.

Algunas grandes sintieron el impacto de la pandemia y comenzaron los despidos que todavía afectan a millares de personas y familias. Pero, en el interregno muchos se reinventaron. Las redes sociales fueron las vías para encaminar nuevos negocios. El delivery tomó las riendas del servicio: supermercados, farmacias, restaurantes, heladerías y colmados llevan, hasta hoy, sus productos a las puertas de las casas. El gobierno inició programas de ayuda colectiva. Y surgieron formas de trabajo y de producción particular, desde venta de comidas caseras, picaderas, aceites esenciales, mascarillas K95 o quirúrgicas, utensilios domésticos, robots para la limpieza de la casa, hasta tiendas virtuales de libros.

El país dominicano vivió momentos de angustias al conocerse cada día de nuevos contagios y, lo peor, de figuras conocidas que fallecían a causa del virus. El epicentro de tratamiento se instaló en el Hospital Militar Ramón de Lara, en San Isidro. Y la gente comenzó a desconfiar de las cifras, decían que eran más los contagiados y los muertos, una preocupación que sembraba alarma también en otros países. Llegaban las noticias de España, de Italia, de Gran Bretaña, de Francia. La expansión estaba desbordada. Comenzamos a mencionar las siglas CUI, que antes sólo los médicos conocían.

Cuidados Intensivos era el mero centro de la calamidad. Y llegaban los nombres de los entubados, de los enfermos graves, de los fallecidos. Personas de amplio reconocimiento social. Existía un pánico secreto que quizá no se manifestaba con espanto público pero que provocaba, de modo efectivo, estados de ansiedad dentro de las viviendas cerradas, casi a cal y canto. Un médico amigo me decía recientemente que todos hemos sufrido la Covid, sin haberlo tenido nunca.

Algunas medidas se flexibilizaron, porque al país le faltaba la elección crucial: las presidenciales, previstas para mayo pero trasladadas a julio porque era imposible conseguir que la gente ejerciera el sufragio en las condiciones producidas por la pandemia. Además, el país necesitaba votar, por múltiples razones. Y votó. Y vino el cambio. Pero, la crisis sanitaria no se atenuaba. Seguía, a pesar de noticias que afirmaban que los contagios estaban cediendo. Al principio, los médicos no sabían cómo enfrentar la enfermedad y cuáles medicamentos aplicar. Esta situación, tanto aquí como en otras partes del mundo, era la misma. Sobre la marcha, fuimos aprendiendo a cuidarnos y a enfrentar el mal.

Al gel de manos siguió el uso de alcohol al 70%, agua clorificada sanitizadores, guantes, gárgaras de miel y limón, te de jengibre dos veces al día, inhaladores para no contagiarse…los productos, las propuestas boca-a-boca, los aciertos y los engaños fueron múltiples. Algunos hace rato han comenzado a desecharse. Y ya no nos desnudamos a la entrada de la casa. Ni rociamos los zapatos con el alcohol que los envió al basurero.

Aunque cambiamos la tarjeta por el dinero físico, aprendimos a pedir más por Amazon, dejamos de comprar ropa y calzados, se abandonaron las citas familiares y las visitas a casa ajena, se inició el teletrabajo, las reuniones y encuentros por zoom, las clases virtuales para niños, jóvenes y universitarios, los bares cerraron y el trago social se dejó a un lado, pero no pocos reservaron los viernes y sábados para tragos en soledad mientras veíamos a Netflix, una plataforma que ya nos agota de tanto cubrirnos con ella el tiempo en casa, aunque Amazon Prime, Disney, HBO y otras han entrado al ruedo positivamente.

Hemos leído y releído más y la lectura ha tenido un repunte enorme. Los laboratorios farmacéuticos han sufrido pérdidas millonarias, pues son muchas las enfermedades que han desaparecido en la pandemia: los brotes de conjuntivitis, varicela, gripe, venéreas, piojos, y hasta los accidentes de distintos tipos se han reducido.

La vida no es igual. Tal vez no lo será jamás. O, tal vez sí. Volveremos a las jaranas cotidianas, al cine y al teatro que falta hacen, a los conciertos, a las tertulias, al buen vino compartido, a los bares, a viajar por el país y por el mundo. Todo luce incierto aún, pero la vacuna contra la Covid-19 que parecía tan remota ha llegado y nos vamos vacunando y vamos creyendo que es posible salir del famoso túnel, con o sin la lucesita aquella.

Hay muchos aspectos positivos en la pandemia. Pero el virus está todavía contagiando y matando. No ha cerrado su ciclo. Un reputado cardiólogo me dice que para julio o agosto podríamos estar volviendo a la normalidad total. Algunos dicen que más lejos. La OMS y la OPS son ya menos alarmistas, como cuando al principio nos ponían los pelos de punta cada vez que abrían las bocas sus funcionarios. Me parecieron siempre aves de mal agüero. Tenían razón, sin embargo.

Hemos de confiar que saldremos pronto de este embrollo sanitario y que los científicos ayuden para que no nos pille otro virus arrollador en muchos años. Con la Covid-19 hemos sufrido bastante. Nunca pensamos al principio que estaríamos hablando de ella un año después, con ella al lado. Y ya ven.

 

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