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Por: Ignacio Nova . – Los días caen repletos de amenazas. La palabra muer­te, briosa co­mo esputo, licúa luces y esperanzas. En las imáge­nes de los entubados por la Covid-19, en la hori­zontalidad límbica de los ingresados a las unidades de cuidados intensivos y en los invisibles sepulcros de las víctimas escucha­mos su discurso aterra­dor.

¿Su objetivo? El temor. Insiste en este fin, enér­gico. Lo logra porque la gente se resiste a morir. Y hace, entonces, lo que él espera: sale, se agrupa y divierte, relaja sus pro­tecciones e higiene, con­sume productos que debi­litan su inmunidad…

El virus ríe triunfal, a carcajadas. Como niño, bate su espada plástica o de palabras. Corretea ciu­dades, estadios y campos.

Su juego tiene una ra­zón: edificar un santua­rio de huesos a la muerte. Y en los sobrevivientes, sembrar la desesperanza y el terror.

¿Lo está logrando?

A causa de tal inciden­cia —180 millones—, las gentes dicen Son tiempos tristes. Personas anhelan­tes de un futuro mejor.

De súbito cayeron a sus propias prisiones. Las so­ñaron, desearon, pro­curaron y construyeron amorosamente. Entu­siastas y abnegados, en­galanaron sus paredes, pintaron sus exteriores y amueblaron sus espacios, ¡para soñar mejor!

Deseaban regresar de sus batallas y periplos co­tidianos —trabajos, dili­gencias, encuentros con amigos, iglesias, avitua­llamientos y diversio­nes— y, felices, retornar al empíreo familiar que las circunstancias les per­mitieron construir. Otros reencontraron el pasado, campos devastados. Sus hogares, en fin.

Devinieron torres ase­diadas, paradójicamente desde su interior. Ese in­truso las tomó desde den­tro y desde fuera. Dispu­so sobre ellas el ajetreo y el acoso; una vigilancia fantástica, intensa y tec­nológica. Pura obsesión. Antes, el adversario era externo, embestía, fulmi­nante, disparando bom­bas de pedrerías, metáli­cas o explosivas, contra los morteros. A mayor ca­pacidad de destrucción de estos, más se fortifica­ron las mamposterías.

Ya no. ¿Algo resulta útil ante la Covid-19? Las mayorías cree que no. Y rechaza las vacunas.

Desde sus autocompla­cientes incredulidades escogen el desafío. Por la ciega diversión. Jugar a la pelota con la muerte.

Sin haber nacido para los demás ni para ellos, nada tienen que perder. ¿Qué les podrían quitar si jamás les dieron algo?

Convencidos están de lo inútil de lidiar con vi­rus tan letal. Abarrota de vacuidad sus espacios y vidas; sitia las existencias de tal modo que el lla­mado a cualquier puerta

conduce a laberintos, me­táfora obsesiva de ningún lugar.

Este virus de la Co­vid-19 está psicológi­camente afectado. Su embestida ilustra ese pa­trón: toma los hogares a cambio de nada. Vitales y defensivos espacios ante contrincantes invisibles y rapaces.

SARS-Cov-2 circula por quién sabe dónde. Se in­hala como el vicio de una maldición. Gana a los mosquitos el premio al mayor depredador mun­dial de depredadores.

Con su Paludismo, Dengue, Zika y Chikun­gunya los Anofeles y Ae­des Aegypti no mataron, en tiempo tan corto, en­tre 6 y 10 millones de personas. Tampoco su­mieron a los sobrevivien­tes en el terror.

Ante esta hecatombe, las guerras pasadas pare­cen juegos infantiles.

6 a 10 millones de muertos nos embargan en un dolor de humani­dad.

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